martes, 16 de julio de 2013
De regaderas y taxis
Si algo nos enseñó la industria cinematográfica de los años '90 es que si un vecino se muda o alguien nuevo se instala en nuestro barrio es por que está huyendo de un desamor, o de un homicidio (opciones no necesariamente excluyentes). El final es siempre el mismo: aunque el ex vuelva hecho una regadera de lágrimas y arrepentimiento, el protagonista ya rehízo su vida con un nuevo amor. Desgraciadamente los guiones de nuestras vidas no están tan magistralmente trazados; lo más común es que uno se siente en el piso de su casa nueva sin poder deshacer las cajas de embalaje mientras el ex, totalmente ajeno al sufrimiento paralizante de uno, riega las plantas con agua 100% libre de culpa. Y por cómo está la economía, "la casa nueva" puede traducirse a "la casa de mis padres".
viernes, 14 de junio de 2013
Fantasía patológica
La fantasía es una parte importante en el proceso de ruptura. "¿Cómo es esto, señorita sabelotodo?" me dirán. Paso a desarrollar: Hemos hablado de las distintas etapas de la ruptura. Negación, enojo, dolor, negación, bebida, negación, comida, más negación y en algún punto se nos acaban todas las energías para pelear lo impeleable y nos rendimos ante la aceptación. Pero como ya vimos, la negación parece ser eterna. Y en algún punto de esa espiral de oposición a la realidad, nos volcamos en la interesante y extrañamente satisfactoria acción de fantasear. No digo que sea el camino a tomar, pero es uno en el que todos nos desviamos en algún momento (y unos cuantos volvimos con souvenires, como la enfermedad mental o un blog).
miércoles, 8 de mayo de 2013
La libertad y otras sandeces que sirven de excusa.
No se va por la vida sin escuchar alguna que otra sandez generacional que la gente que las dice presupone que tienen un significado profundo y razonable, hasta poético para el que siente la inspiración de agregarle supuestos salvavidas (como ser, hablar de la belleza y el valor del otro en comparación con el reproductor de dicho disco rallado).
Lo peor de tener que ser el receptor de estas joyas intestinales no es el saber el verdadero significado (que, dicho sea de paso, generalmente es "me creo demasiado macho para un solo agujero", y su contraparte femenina "tengo mucho agujero, desperdicio capacidad en un solo macho"), sino la incoherencia estructural y de contenido que haría llorar a la vieja escuela de formalistas rusos como si se les hubiera acabado todo el vodka del país.
martes, 26 de marzo de 2013
Mierda pedagógica.
Sensibilizada por el momento del mes, la cercanía de mi natalicio número veinticinco o simplemente por usar acondicionador en exceso, mi mente se vio atacada por una paz interior seguida por pensamientos de gratitud ante las cosas buenas que me dejaron mis sucesivas andanzas con humanos entera o parcialmente hechos de materia fecal.
No creo que una experiencia pueda ser completamente mala. Incluso si tenemos esa sensación, al menos podemos decir que aprendimos que no queremos volver a pasar por esa alcantarilla. Mierda, pero al menos es mierda pedagógica.
miércoles, 13 de febrero de 2013
No es fácil ser un sorete.
Pongamos un poco de perspectiva. En vez de poner el cuello al aire para que nos rebanen la cabeza, vamos a mirar con los ojos del verdugo, por que de alguna manera dicho personaje subió jerarquías hasta llegar a ese puesto (si, cortando cabezas). Por que hay que admitir que no es fácil ser un sorete.
Mientras lloramos sobre nuestro kilo de helado, hay un sorete incomprendido ahí afuera sintiendo sus orejas entrar en combustión. Nosotros los despechados repartimos un "qué sorete" por aquí, un "no entiendo por qué hizo esto" por allá, "probablemente se está riendo de mi dolor" más a la izquierda y "ojalá que lo penetre un caballo con sobredosis de viagra" por dónde quede espacio.
martes, 11 de diciembre de 2012
Cómo usar un menú (o "sopa de mosca")
Puede ser que en el momento no nos demos cuenta, pero a veces las personas pecamos de conformistas sentimentales.
Si lo pensamos en términos gastronómicos (como tanto me gusta hacerlo), cuando vamos a un restaurante con el estómago vacío y la cabeza llena de dudas que nos impide decidir qué plato del menú nos llama más la atención, la presión de los otros comensales que saben qué quieren y lo quieren ya, sumado a nuestro miedo de morir de inanición, nos llevan a malas elecciones.
Sopa. Pedimos la sopa del día. Sabemos que la sopa no va a saciar el hambre, solo distraerla por un limitado tiempo para luego volver como si nada hubiera pasado por el estómago.
Si lo pensamos en términos gastronómicos (como tanto me gusta hacerlo), cuando vamos a un restaurante con el estómago vacío y la cabeza llena de dudas que nos impide decidir qué plato del menú nos llama más la atención, la presión de los otros comensales que saben qué quieren y lo quieren ya, sumado a nuestro miedo de morir de inanición, nos llevan a malas elecciones.
Sopa. Pedimos la sopa del día. Sabemos que la sopa no va a saciar el hambre, solo distraerla por un limitado tiempo para luego volver como si nada hubiera pasado por el estómago.
lunes, 5 de noviembre de 2012
Errar es humano, recordar es patológico.
Cuando uno es chico y comete un error, los progenitores ponen el grito en el cielo y nos mandan al rincón en penitencia; media hora después, estamos correteando por el patio, jugando con nuestros juguetes, error cometido ya formando parte del pasado.
Cuando uno es grande, un error cometido es un arma que dispara culpa y vergüenza, con años de municiones, en manos de todo aquel que haya presenciado el hecho y/o escuchado el rumor.
Uno puede estar caminando tranquilo por la calle, pensando en lo cara que está la carne y la inminente necesidad de abastecerse de tampones, o estar en una fiesta, cordialmente presentando sus papilas gustativas con las de otro ser humano igual de educado cuando de repente siente el disparo salido de vaya a saber dónde:
Cuando uno es grande, un error cometido es un arma que dispara culpa y vergüenza, con años de municiones, en manos de todo aquel que haya presenciado el hecho y/o escuchado el rumor.
Uno puede estar caminando tranquilo por la calle, pensando en lo cara que está la carne y la inminente necesidad de abastecerse de tampones, o estar en una fiesta, cordialmente presentando sus papilas gustativas con las de otro ser humano igual de educado cuando de repente siente el disparo salido de vaya a saber dónde:
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